
En Chile, se suele hablar de vulnerabilidad social como si de una categoría técnica se tratase. Sin embargo, en Tomé el concepto deja de ser una medición estadística y se convierte en una experiencia cotidiana, en soledad, en trabajo informal, en burocracia interminable y en cientos de familias que sobreviven día a día con vínculos sociales debilitados.
El Informe sobre Desarrollo Humano en Chile 2024, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, planteó que el país ha avanzado, pero que mantiene importantes dificultades para transformar esas mejoras en derechos sociales efectivos. El documento destacó problemas de gestión estatal y una capacidad insuficiente para implementar los cambios que la población demanda.
Según la medición de percepción pública establecida en el estudio:
- 59% de las personas consideró que la situación del país había empeorado.
- 67% atribuyó esa falta de avance a los liderazgos políticos.
- 88% dijo querer transformaciones profundas, aunque un 63% sintió que tenía poca capacidad real de influir colectivamente.
Esta mezcla de frustración y desconfianza se hace especialmente visible en comunas rezagadas como Tomé, donde la descoordinación institucional se transforma en un obstáculo diario para centenares de familias. Esto ha derivado, sin embargo, en una problemática de mayor escala como es la falta de medios sostenibles que refuercen a las comunidades de la comuna costera.
El alcalde de Tomé, Ítalo Cáceres, señaló que este era uno de los principales desafíos de su administración y explicó que su objetivo estratégico consistía en elevar la calidad de vida local, reforzar la seguridad y fortalecer la salud comunitaria.
Desde la atención primaria, la trabajadora social Yasna Campos comentó que la definición tradicional de pobreza, centrada en carencias materiales como falta de techo o alimentación, no reflejaba el fenómeno que observaba en terreno. A su juicio, la vulnerabilidad en Tomé se encuentra más asociada a la soledad, la falta de redes y los duelos no resueltos que marcan a muchas familias.
Más allá de los ingresos, Tomé enfrenta una red de factores que profundiza la vulnerabilidad social:
- Insuficiencia de personal especializado
- Procesos administrativos extensos que estancan los apoyos
- Aumento de la informalidad laboral y la inestabilidad económica
A nivel nacional, según el Boletín de Informalidad Laboral edición N°32 del Instituto Nacional de Estadísticas, más de 2,6 millones de personas trabajan en informalidad (26%), y los adultos mayores concentran la tasa más alta, con 65%. Esto reduce pensiones futuras y aumenta la dependencia de subsidios.
La vivienda como falla estructural
Según el Reportaje Comunal de Tomé 2025, la comuna reportó 56.907 habitantes y evidenció una expresión profunda de vulnerabilidad social. Mientras que, en 2017, registraba una pobreza multidimensional de 21,71%, un indicador que se relaciona directamente con las carencias en su entorno habitacional.
El mismo informe consigna que 13,6% de los hogares vive en hacinamiento, lo que revela precariedad, sobrecarga y falta de espacios seguros.
A esto se suma la existencia de casi 20 comités habitacionales que llevan años esperando una solución. Sus integrantes cumplen cada exigencia, hacen filas, presentan documentos, actualizan el Registro Social de Hogares. Aun así, el proceso avanza con lentitud extrema.
El alcalde Cáceres explicó que uno de los principales problemas era la falta de coordinación entre SERVIU, la Delegación Presidencial y el municipio. La autoridad afirmó que esto hacia que el proceso se volviera lento e ineficiente.
La geografía también añade complejidad. Un caso crítico afecta a 18 familias que viven en una ladera inestable cercana a Avenida La Torre, donde un deslizamiento amenaza con destruir sus viviendas. Frente a este escenario, el alcalde recordó que la prioridad era proteger a las familias.
Como la municipalidad no cuenta con recursos propios, estos dependen totalmente del Servicio de Vivienda y Urbanización y de la Delegación Presidencial del Biobío. Es por ello que, dicha dependencia vuelve urgente una coordinación efectiva para que los trabajos requeridos en beneficio de esta comunidad de familias sean realizados de una vez por todas.
Soledad, envejecimiento y riesgo invisibilizado
La vulnerabilidad en la vejez surge de una acumulación de factores sociales, culturales y biológicos. En la comuna de Tomé, la soledad aflora como uno de los elementos más determinantes. Esto último, genera una problemática difícil de abordar, pues, no resulta sencillo para las autoridades locales generar un sentimiento de pertenencia en determinado tramo etario de la sociedad tomecina.
Según el Instituto Nacional de Estadísticas, en un informe sobre la desocupación y la ocupación, el tramo de 65 años o más fue el que más aumentó su ocupación laboral, 7,9% en un año. La comuna refleja esa presión, cerca del 10% de su población pertenece a este segmento. Cáceres advirtió que muchos adultos mayores estaban en riesgo de vulnerabilidad por la escasez de redes de apoyo.
Sobre esta materia, Yasna Campos, trabajadora social y residente de la comuna de Tomé desde hace varios años, destacó que uno de los riesgos más profundos es la normalización de la precariedad, una fragilidad que termina volviéndose invisible porque se asume como parte natural de la vida cotidiana.
La familia Placencia

En medio de cifras e informes, la crisis habitacional en Tomé se entendía mejor cuando se observaba en la vida concreta de sus habitantes. Una de esas historias es la de la familia Placencia, vecina del sector Orompello Bicentenario, cuyo recorrido por trámites, subsidios y riesgos territoriales reflejaba cómo la vivienda dejaba de ser un derecho pendiente para convertirse en una batalla diaria por seguridad y dignidad.
Se trataba de una familia muy unida que enfrenta una profunda vulnerabilidad social, económica y emocional luego de sufrir un grave accidente vehicular en la Ruta 126, en Ranguelmo. Ese episodio marcó un antes y un después, ya que provocó la muerte de la madre de Joel y Lucía, Ena Ormeño Pino, quien cumplía un rol central como sostén emocional del hogar. Esta colisión dejó con secuelas severas a Lucía Placencia Ormeño, de sesenta años, lesiones que, hasta día de hoy, le mantienen inhabilitada de realizar labores básicas del hogar.
Tras el accidente, los tres integrantes sobrevivientes debieron reorganizar sus rutinas y apoyarse mutuamente. Lucía Placencia Ormeño, de 60 años; Joel Placencia Ormeño, de 57 años e Ivannia Placencia, de 29 años, atravesaron un proceso de reajuste que Ivannia interpretó como un acercamiento inesperado en lo afectivo con su madre.



Joel Placencia recordó ese periodo como un quiebre profundo. Aunque se describía como una persona muy sociable, comentó que, desde entonces, prefirió aislarse del mundo, salvo para acompañar a su hermana y su sobrina.
Lucía relató que estuvo postrada durante semanas y que el proceso de recuperación fue lento. Afirmó que el hospital no le entregó atención oportuna y que solo pudo avanzar cuando un sobrino contrató a una kinesióloga, lo que le permitió comenzar a “dar pasitos” y caminar con bastones.
Ivannia, estudiante de Ingeniería Comercial en la Universidad San Sebastián, explicó que debió dejar su trabajo para asumir el rol de cuidadora. Divide sus días entre clases nocturnas, el hogar y la atención de su madre y su padre.
La familia vive con una pensión de supervivencia, que Lucía describió como insuficiente. Complementan sus ingresos con terrenos heredados, y se reconocen como ”muy aclanados”, con valores transmitidos por el padre que falleció hace uno años.
La familia logró sostenerse gracias al apoyo mutuo y al acompañamiento de la trabajadora social del CESFAM, Yasna Campos, quien facilitaba el acceso a atención psicológica y ayudaba a gestionar la documentación necesaria para vincularse con la red institucional de apoyo.
La experiencia de los Placencia muestra que la vulnerabilidad en Tomé no se limita a la vivienda ni a lo económico, si no que, además, existe una vulnerabilidad afectiva que se profundiza en momentos de crisis y que solo se enfrenta con redes de apoyo sólidas y atención oportuna.
El futuro de la vulnerabilidad en Tomé

La crisis habitacional en Tomé se expresa en cifras, diagnósticos y proyecciones, pero se vuelve real en historias como la de la familia Placencia. Su experiencia revela que la espera por una vivienda segura no es solo un trámite pendiente, si no que es una carga cotidiana que se superpone a duelos, enfermedades, trabajos interrumpidos y miedos que se prolongan con el paso del tiempo.
El municipio y los organismos estatales hablan hoy de coordinación, aceleración de procesos y nuevas inversiones. Sin embargo, para las familias que viven en zonas de riesgo o dependen de un subsidio que aún no llega, esas medidas siguen siendo promesas cuya materialización será decisiva para definir si pueden reconstruir sus vidas.
En Tomé, la demanda por soluciones habitacionales se mantiene en aumento y las historias de espera se multiplican. La familia Placencia continúa reorganizando su día a día mientras aguarda respuestas que les permitan acceder a un entorno estable.
El desafío es inmediato, las instituciones avanzan en planes y compromisos, pero la comunidad vive en el presente. En esa brecha se define la posibilidad de transformar la vivienda en un derecho garantizado y no en una lucha que cada familia debe librar por su cuenta.










