Deserción Universitaria, cuando el esfuerzo no alcanza

Tras cada estudiante que decide detener su camino académico, hay una suma de presiones económicas, dudas vocacionales, expectativas familiares, exigencias emocionales y brechas que el sistema educativo aún no logra descifrar. A través de testimonios de estudiantes, datos actuales y el análisis de especialistas, exploramos un fenómeno que crece en silencio y que obliga a mirar de frente la necesidad de un compromiso activo de las universidades en la construcción de trayectorias formativas más acompañadas y sostenibles.
Según datos de la plataforma Psicometrix, En Chile, la tasa de deserción es de un 28.8% en el primer año de la educación superior.

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El abandono de los estudios ya sea temporal o permanente, se ha consolidado como uno de los problemas más persistentes en los jóvenes chilenos. Entender este fenómeno exige mirar más allá de los números y acercarse a las realidades individuales.

Las universidades chilenas han comenzado a reconocer esta urgencia desde distintos ángulos. Sin embargo, aún queda un largo camino por recorrer para comprender su verdadera magnitud.

Los datos recientes muestran que el abandono estudiantil es una tendencia creciente en muchos países. 

La Universidad de Concepción recibió más de 27.000 postulaciones efectivas en la admisión 2025. Aun así, la deserción universitaria permanente alcanza un 14,6% en el país.

Este reportaje busca comprender los motivos detrás de estudiantes que han desertado, interpretar datos estadísticos actualizados y el análisis de expertos en psicología, trabajo social y políticas públicas.

Además, incluiremos la visión de una experta en altas capacidades, ya que numerosos estudiantes con este perfil terminan desertando al encontrarse en entornos educativos que no logran comprender ni responder a sus necesidades.

Descifrando el fenómeno

Las razones varían según el contexto económico, familiar, la región a la que pertenecen y tipo de institución, lo que revela un fenómeno de múltiples aristas.

Algunos estudiantes mencionan la falta de recursos como su principal obstáculo. Otros destacan la sensación de no pertenecer o de no poder sostener el ritmo.

Según datos de la plataforma Psicometrix, En Chile, la tasa de deserción es de un 28.8% en el primer año de la educación superior. Del total de los desertores, el 25,8% corresponde a personas de género femenino y el 21,9% masculino.  

Los Colegios Municipales tienen una mayor tasa de deserción universitaria, 30,6%. Seguido por los Particulares Subvencionados 27%. Y por último, los Particulares Pagados 22,3%.

Con respecto al tipo de carrera, un 30,6% de los matriculados en carreras técnicas deserta. Habiendo una diferencia del 10% con la deserción en las carreras profesionales.

Las carreras con mayor tasa de deserción son:

  1. Técnicas del área de las Humanidades
  2. Area de Tecnologia
  3. Arte
  4. Arquitectura
  5. Derecho

La tasa de deserción permanente, es decir, que no reingresan a la Educación Superior en los 3 años siguientes, es de un 14,6%

El peso de la mochila

Andrés Ordenes, ex estudiante de Ingeniería Civil Industrial en la UdeC, vivió un proceso de deserción marcado por el desgaste emocional. Su salida no tuvo que ver con su capacidad académica, sino con la falta de pertenencia y el peso de la presión universitaria.

A esto se sumó la ausencia de apoyo emocional institucional. El resultado fue un deterioro progresivo que lo obligó a detener su camino académico. Su experiencia refleja una realidad cada vez más común en la educación superior.  

El Dr. José Joaquín Brunner, uno de los expertos más influyentes en políticas de educación superior a nivel internacional. Con experiencia en 45 países de América Latina, Norteamérica, Europa, África del Este, Egipto y Asia Central.

Ha trabajado con universidades, centros de investigación y organismos como la OCDE, el Banco Mundial y la UNESCO. 

Desde su perspectiva, el factor emocional es un eje central para comprender la deserción estudiantil. Lo que vivió Andrés refleja un patrón que Brunner ha identificado globalmente.

“Jóvenes que, pese a tener buen desempeño escolar, llegan a la universidad sin hábitos de estudio consolidados y enfrentan presiones para las que no fueron preparados. En ese proceso, la falta de contención emocional puede ser decisiva”, argumenta el especialista.

“Una universidad no fracasa cuando un alumno se va, fracasa cuando no lo vio venir”,
José Joaquín Brunner.

“No comía, no dormía, vivía encerrado estudiando, hasta perderme a mí mismo”,
Andrés Órdenes Torres.

En el caso de Andrés Órdenes, los problemas de salud mental surgieron como consecuencia del estrés sostenido y el aislamiento emocional. No encontró espacios seguros para pedir ayuda antes de que la situación se volviera irreparable.

La universidad, como muchas otras, reaccionó tarde. Cuando intervino, él ya había tomado la decisión de retirarse. Al enfrentarse a evaluaciones complejas, la presión se intensifica rápidamente. Cuando a esto se suma la falta de vocación, el panorama se vuelve aún más incierto.

Las barreras económicas

La brecha económica entre estudiantes de colegios públicos y privados se refleja claramente al ingresar a la universidad. Los puntajes de selección suelen reflejar desigualdades previas más que talento o esfuerzo. 

Esta disparidad condiciona desde el inicio las posibilidades de movilidad social. Quienes provienen de contextos vulnerables ingresan con desventajas académicas acumuladas. Esa brecha inicial muchas veces determina su permanencia. 

En este gráfico se evidencian los datos:

La combinación de aranceles, materiales, transporte y gastos de vida, que muchas veces incluye arriendo y comidas, termina superando las capacidades económicas de miles de jóvenes.

Esta presión financiera produce un agotamiento constante que impacta directamente en el rendimiento académico. Para muchos, estudiar se vuelve un lujo difícil de sostener. 

El testimonio de Francisca Anacona, ex estudiante de Derecho en la Universidad San Sebastián, revela con claridad esta realidad. Para poder mantenerse y costear su carrera, tuvo que desempeñarse simultáneamente en tres trabajos.

Esta carga laboral excesiva redujo drásticamente el tiempo disponible para dedicar al estudio.

El sociólogo de la Universidad de Concepción, Rodrigo Ganter Solís, ha analizado este fenómeno desde una perspectiva estructural. Según él, la precariedad económica es uno de los detonantes más fuertes en la deserción, especialmente entre estudiantes de primera generación universitaria.

“Estos jóvenes suelen provenir de familias que no cuentan con ahorros ni colchones financieros. Por tanto, cualquier crisis económica repercute inmediatamente en su continuidad académica”, argumentó el especialista.

Ganter explica que la necesidad de trabajar largas jornadas impide que los estudiantes se integren plenamente a la vida universitaria. La falta de tiempo para estudiar, asistir a actividades formativas o simplemente descansar profundiza la desconexión con el entorno académico.

Retos Académicos y Emocionales

Los desafíos académicos y emocionales se entrelazan de forma profunda en la experiencia universitaria, creando un escenario complejo para miles de estudiantes.

Aquí se encuentra un tweet que resume el sentimiento de los estudiantes de educación superior:

Junto con las historias de Andrés Ordenes y Francisca Anacona permiten comprender cómo la educación superior puede convertirse en un espacio de tensión permanente.  

Los expertos consultados anteriormente, señalaron que gran parte de los alumnos terminan atrapados entre expectativas institucionales y realidades personales que los sobrepasan.

La falta de vocación, los problemas de salud mental, la precariedad económica y el miedo al fracaso empeoran el escenario. En muchos casos, pedir ayuda se vuelve un acto imposible. 

Felipe Toledo Arévalo, Psicólogo clínico y fundador de Centro de Ayuda Terapéutica Integral (C.A.T.I.), sostiene que una parte significativa de los estudiantes que han desertado lo hace tras no haber desarrollado hábitos de estudio saludables.

Una carencia que, según su experiencia clínica, las universidades no logran abordar ni fortalecer oportunamente.

La falta de redes de apoyo cercanas intensifica el estrés emocional y debilita la permanencia en la carrera. Así, la deserción aparece como una salida silenciosa frente a un desgaste acumulado.

Irse a estudiar lejos de la ciudad de origen supone enfrentar un cambio abrupto en la vida cotidiana. Adaptarse a un nuevo ritmo, a una ciudad desconocida y a la ausencia del entorno familiar convierte la experiencia. La distancia afecta no solo la rutina, sino también la estabilidad personal.

Muchos estudiantes deben aprender a vivir solos, administrar recursos limitados y responder a altas exigencias académicas al mismo tiempo. La presión acumulada suele generar agotamiento y sensación de fracaso.

En el siguiente enlace encontrarás un Google Earth explicativo, con la tasa de permanencia en la región de origen para los estudios Universitarios.

Tanto los expertos como los testimonios afirman que estos retos académicos y emocionales exigen que las instituciones revisen profundamente sus mecanismos de apoyo. No basta con identificar estudiantes en riesgo cuando ya están al borde de la deserción. Se requieren redes de contención tempranas. 

Altas capacidades y deserción

El término “altas capacidades” suele asociarse erróneamente con niños prodigio o estudiantes con calificaciones sobresalientes. Sin embargo, los especialistas coinciden en que este fenómeno es mucho más amplio y diverso

Ximena Gómez, directora de Capacitación y Formación de Alta Capacidad Consultores, explica que las altas capacidades incluyen habilidades cognitivas avanzadas, pensamiento divergente, creatividad elevada, alta sensibilidad y fijaciones intensas en áreas de interés.  

En el siguiente video podrás conocer más acerca de las Altas Capacidades y su relación con la Deserción Universitaria:

Uno de los problemas principales es que la alta demanda cognitiva y emocional que enfrentan estos niños puede generar frustración y aislamiento. Cuando no se les comprende ni guía correctamente, los efectos pueden prolongarse hasta la educación superior.  

“La falta de acompañamiento adecuado puede llevar a la deserción escolar temprana o, en etapas posteriores, a que estos jóvenes abandonen la universidad”, afirmó Ximena Gómez.

Sobre esta misma línea, la especialista destaca que los jóvenes con altas capacidades necesitan espacios para explorar sus intereses, desarrollar su autonomía y gestionar sus emociones sin sentirse juzgados o sobreexigidos.  

En Chile, menos del 1% de los niños con altas capacidades accede a programas que potencien sus talentos. Las iniciativas disponibles son limitadas: Delta en Antofagasta, Beta en la Quinta Región, Penta UC en Santiago y Talentos UdeC en el sur. Más allá de estos programas, la oferta nacional es insuficiente, dejando a muchos jóvenes sin apoyo especializado. 

Además, para detectar si una persona tiene Altas Capacidades se debe consultar con psicólogos que cuenten con certificación para aplicar los test adecuados.

Si utiliza la Escala de Inteligencia de Wechsler preescolares (WIPPSI-IV) o la versión chilena para niños (WISCV v.ch.) ésta debe incluir tanto pruebas de escala total, primaria y secundaria, como puntuaciones y percentiles.

Rol de las instituciones educativas y sus políticas
de retención

La Ley 21.091, que regula la acreditación de la educación superior en Chile, establece que todas las instituciones autónomas deben cumplir con diversos requisitos, incluyendo el seguimiento de la progresión académica de sus estudiantes. 

Un aspecto clave de esta normativa es que las instituciones deben implementar mecanismos de seguimiento y acompañamiento para sus estudiantes a lo largo de su formación, prestando atención particular a quienes enfrentan riesgo de deserción, con el objetivo de favorecer su continuidad y culminación de los estudios. 

La Comisión Nacional de Acreditación (CNA) evalúa el desempeño institucional considerando indicadores clave, como las tasas de retención y progresión académica. Contar con mecanismos efectivos para prevenir y abordar la deserción no solo mejora la experiencia estudiantil, sino que también influye directamente en la acreditación de la institución, su posicionamiento y acceso a financiamiento. 

Del total de los desertores, el 25,8% corresponde a personas de género femenino y el 21,9% masculino. Lo que pone en manifiesto una brecha de género con respecto a la deserción universitaria.

Al recorrer la vida universitaria, muchos estudiantes transitan por etapas de entusiasmo, adaptación y desgaste. Si bien el ingreso a la universidad suele estar cargado de expectativas y motivación, mantener la continuidad académica se convierte en un desafío constante. 

La falta de acompañamiento inicial muchas veces marca el rumbo académico posterior. Comprender estas etapas permite identificar momentos críticos donde la intervención es clave. Así se revelan patrones que explican por qué algunos continúan y otros no. 

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