Rosa Cuevas abrió las cajas que estaban en el fondo de la bodega. Cada una tenía un papel que leía el personaje que guardaba dentro, junto con el esfuerzo y la dedicación que les había puesto para confeccionarlos. Unos para un ballet, otros para una ópera. Su misión era seleccionar las mejores creaciones para exponerlas en el Teatro Universidad de Concepción, por el Día Mundial de la Ópera. A medida que fue sacando los vestuarios guardados, una inmensa ola de nostalgia la invadió al recordar sus primeros años en la Corporación Cultural de la Universidad de Concepción (CORCUDEC) como encargada de camarines. Los más antiguos databan del 2005 y el más nuevo, de 2025. Veinte años de trabajo sintetizados en una sola exposición.
Una geisha, un cascanueces, una mujer colonial y una machi eran algunos de los personajes que protagonizaron la muestra. Eran todos de distintas épocas, pero compartían el espacio del teatro para celebrar a la ópera. El 24 de octubre parecía un viernes normal, pero, ese día, los penquistas pudieron tomar un respiro de la inmediatez de la ciudad para presenciar semanas de preparación de los artistas. Además, las voces del coro pudieron aplacar el ruido de las micros que pasaban por O’Higgins durante la hora peak.
A las tres de la tarde, el Teatro Universidad de Concepción tenía un ambiente acogedor y tranquilo. Las luces eran tenues y dentro no se escuchaba el desorden de la ciudad. Había dos hombres con tenida formal, que saludaban a todo aquel que cruzaba el umbral de la entrada, mientras terminaban de gestionar los últimos detalles de la exposición.
Rosa presentó sus trajes con orgullo. De pie al costado derecho de la muestra, esperaba a que alguien se acercara a preguntarle por los detalles de la confección y observaba a los pocos visitantes que venían llegando. La machi, el primer maniquí que se veía al entrar, estaba hecha con la intención de representar de la mejor manera a la cultura mapuche. La encargada de camarines recordó cómo se elaboró el traje, donde Paulina Catalán, la diseñadora principal, tuvo que acudir a historiadores y expertos para asegurarse de que era una correcta representación cultural.
“Tiene harta simbología y hay que saber ocuparla, para que representen la cultura. Las óperas pueden ser fantasías, pero también deben tener una base histórica”, precisó Rosa.
Los asistentes se paseaban frente a los maniquíes conversando en un volumen bajo. Leían los carteles que explicaban las obras a las que pertenecían los trajes, pero no muchos se acercaron a los funcionarios de la CORCUDEC a preguntar por más detalles. A pesar de eso, las parejas, en su mayoría de adultos mayores, recordaban en voz alta las veces que habían visto algunas de ellas en el teatro.
Una pausa dentro de la inmediatez penquista
El reloj marcó las cinco de la tarde y el ruido crecía en la Plaza Independencia. Las bancas estaban llenas y los trabajadores municipales se encontraban instalando el escenario que recibiría a Noche de Brujas al día siguiente. El calor de los últimos días de octubre se reflejaba en los penquistas, que buscaban la sombra de los árboles más altos y compraban helados al señor que pasaba promocionando su negocio en bicicleta.
En medio de las bocinas de las micros y el bullicio de la gente, una nota de ópera sonó a lo lejos. Quienes se encontraban con la cabeza gacha mirando el celular, alzaron la mirada para poder buscar aquella voz aguda que provenía de algún lado. Muchos se pararon y dejaron lo que estaban haciendo para cruzar la calle y acercarse al Teatro Universidad de Concepción, donde había dos mujeres en el balcón que estaban probando el sonido de los micrófonos.
Pronto salió todo el coro de la CORCUDEC y se posicionaron frente a una multitud que ocupaba toda la vereda y obligaba a los autos que transitaban por O’Higgins a pasar con lentitud. Algunos ciclistas tuvieron que pasar a pie por la zona, porque hasta la ciclovía estaba ocupada.

En medio de los coristas, se encontraba Gloria Jara, quien hace treinta años integra la agrupación con orgullo. Respecto de esta intervención, señaló que querían brindarle un breve momento de entretención a quienes estuviesen pasando por la calle. La catalogó como una presentación más espontánea.
Cantaron fragmentos de tres óperas famosas dentro del rubro: “La Traviata”, “El Brindis” y “Carmen”. El sonido de la música llamó la atención de muchas personas que estaban al otro lado de la avenida y también de quienes iban en las micros, que corrían las cortinas para presenciar lo que estaba ocurriendo y miraban con detención hasta que el semáforo cambiaba a verde.
El director del Coro Sinfónico, Eduardo Díaz, manifestó su orgullo por liderar a los cantantes en esta ocasión, pues indicó que, para Concepción, la ópera es especial. Nombres importantes a nivel nacional e internacional comenzaron su carrera en la ciudad.
Cuando los coristas se estaban despidiendo del público, varias personas solicitaron que entonaran una última canción y ellos accedieron. Cerraron el Día Mundial de la Ópera cantando junto a los aplausos del público y el ruido ambiente de la ciudad penquista.











