Entre lápidas centenarias y mausoleos imponentes, teñidos de grises que marcan el paso del tiempo, un pequeño espacio rompe la monocromía. Llena de colores rosados, rojos, verdes y celestes, que destacan aún más entre la sobriedad del cementerio, se alza la tumba de Petronila Neira. No es un monumento oficial de la iglesia, sin embargo, para muchos, es un santuario y un lugar de recurrente visita. Un sitio que, a pesar de los años, sigue convocando una fe profunda y personal, lejos de los ritos formales.
Aquí, la memoria de una mujer trágicamente asesinada en 1910 se ha convertido en un faro de esperanza para quienes buscan consuelo y milagros en el día a día. Esta animita es un epicentro de actividad constante. La gente se acerca, se detiene, lee los mensajes que cubren cada superficie. No es raro ver a transeúntes, que originalmente vinieron a visitar a sus propios familiares, pasar a saludarla, a pedir un favor o simplemente a sentir su presencia.
Este fenómeno se explica, según Mauricio Rubilar, director del Departamento de Historia y Geografía de la Universidad Católica de la Santísima Concepción, “en gran medida por el fenómeno actual de religiosidad y culto popular, porque tiene que ver con una costumbre muy propia de nuestra cultura latinoamericana, la devoción a los muertos, y especialmente a quienes fallecen de forma trágica”.
En ese sentido, añade que “la Petronila es una persona que, producto de su muerte trágica, en este caso asesinada, el mundo popular transformó en una figura de culto, básicamente para solicitar favores a través de ella por su factor atribuido de ser milagrosa”.
El primer milagro
Según Rubilar, “el mundo popular la transformó en una figura de culto. Se dice que su primer milagro fue haber flotado, porque los asesinos la arrojaron a la laguna con piedras para que se hundiera, y aun así flotó”. Este hecho, en un contexto de conmoción social, le otorgó un carácter milagroso desde el inicio, y la gente comenzó a desarrollar prácticas de culto a su alrededor.
“Lo que la mantiene viva son los propios relatos de las personas que acuden a la tumba a solicitarle el favor, luego esa persona agradece el favor concedido a través, por ejemplo, de alguna placa, algún signo que represente ese agradecimiento y por tanto la labor milagrosa de la animita”, explicó el docente.
La figura de Petronila Neira irrumpió con fuerza en la historia penquista poco después del hallazgo de su cadáver. Según Rubilar, el hecho ocurre en una época marcada por la desigualdad social y la violencia hacia las mujeres, el homicidio no pasó desapercibido. El cuerpo fue exhibido en la morgue para facilitar su identificación, y más de 500 personas acudieron a verla. No era solo el morbo, el crimen de una joven costurera del pueblo, violentamente asesinada, resonó con fuerza entre los sectores populares.
Roberto Reyes, docente de la Universidad Católica de la Santísima Concepción complementó esta idea: “El encontrar un cadáver en primera instancia irreconocible apela al sentimiento del morbo público. Recordemos que, en esa época, la prensa no sólo era más numerosa, sino que también más gráfica, por ende, al exponer el cuerpo, además de las circunstancias mismas de la muerte, desencadenan la expectación local y la prolongación de la conmoción en la opinión pública”.
Según el docente la figura de Petronila Neira cobró gran relevancia debido al simbolismo de su muerte, especialmente por la forma y las condiciones en que ocurrió. Reyes enfatizó que ella representaba a una mujer popular oprimida, una imagen con la que muchas otras mujeres del país podían sentirse identificadas.
“Veo esta fe como un método de resistencia popular ante el olvido y la desidia de la autoridad. Es un recuerdo, mas no el olvido, de que, aunque tengamos ventajas tecnológicas con respecto a esa época, seguimos siendo por momentos solamente animales de instinto.”, expresó.
Por otra parte, Víctor Aravena, director de extensión de la Corporación Social y Cultural de Concepción aseguró que “constantemente se ven personas en la tumba de la Petronila Neira visitándola, dejándole ofrendas, flores, o personas que van a agradecerle. Es una costumbre que está muy viva”. Aravena enfatizó en que el interés de la gente en esta “santa” no es algo reciente, sino que ha ido en constante aumento. “Desde que ocurrió el hecho hasta la fecha, las manifestaciones se han ido sumando”, aseguró.
La historia detrás del culto
Según el libro Petronila Neira, La Historia detrás del Mito, de Alejandro Mihovilovisch, Mauro Gutiérrez y Marlene Fuentealba, en octubre de 1910, la tranquila rutina de la Laguna Redonda se vio abruptamente interrumpida por un hallazgo espeluznante. El lugar, frecuentado por lavanderas de la zona, fue testigo de una escena que heló la sangre de quienes se encontraban ahí. Una de las mujeres notó que algo flotaba en el agua, dos pies asomaban, inmóviles, entre las suaves ondulaciones de la laguna.
Luego de varios intentos, lograron sacar del agua un saco. En su interior, el cuerpo sin vida de una mujer, que presentaba evidentes señales de una violencia brutal. Varias piedras habían sido atadas a su cintura, en un intento por mantener el cadáver oculto bajo el agua. Sus manos estaban amarradas a la espalda, y su cabeza, degollada.
El estado de descomposición del cuerpo sugería que llevaba sumergido al menos seis días. No había documentos, ni rasgos reconocibles. La noticia se propagó rápidamente y el diario El Sur, en un llamado urgente al público, publicó un aviso solicitando cualquier información sobre “el homicidio de una niña desconocida, como de 16 años, encontrada hoy en la mañana flotando en las aguas de la Laguna Redonda, dentro de un saco”.
Contra todo cálculo de sus asesinos, el cuerpo emergió. Y fue precisamente ese hecho el flotar, pese a las piedras atadas a su cintura lo que, para muchos, fue interpretado como un milagro.
Con el paso de los días, y gracias al testimonio de sus familiares, el cadáver fue finalmente identificado, se trataba de Petronila Neira Bustos, una joven costurera oriunda de Coronel. Según el historiador Mauricio Rubilar, la víctima “vivía en un conventillo en calle Las Heras. Era una sociedad con diferencias sociales muy marcadas. Ese mundo era el de la pobreza, de la marginalidad”.
Durante un tiempo, Petronila había mantenido una relación con Arturo Retamal, un obrero que trabajaba en la construcción del alcantarillado de Concepción. Rubilar explicó que se trataba de un vínculo conflictivo, marcado por un contexto social profundamente atravesado por la violencia, particularmente hacia las mujeres y por la presencia de vicios como el alcoholismo.
Según relata el historiador, fueron dos hombres quienes, en un acto de arrebato, asesinaron a Petronila. Uno de ellos era Arturo Retamal y el otro, un amigo de este. Antes del crimen, ambos habían estado bebiendo en una casa, y la agresión se desencadenó por los conflictos previos que ella mantenía con Retamal.
Devoción y gratitud
La animita de Petronila, un espacio adornado con flores frescas y velas blancas encendidas, decorada con vibrante mural que ya está tapado por los banderines agregados por sus seguidores. Cada ofrenda es un testimonio silencioso de una devoción que, lejos de apagarse con el tiempo, se renueva día tras día, manteniendo viva la conexión entre la memoria de esta figura y las esperanzas de quienes la visitan.
Elda Matamala, una mujer de 68 años, asiste sin falta cada mes junto a su hijo para prender velas a la animita. Con el tiempo, ha forjado un vínculo inquebrantable con Petronila. Al llegar, se la observa sosteniendo con dificultad un paquete de velas, luchando por abrirlo. Sin embargo, este pequeño esfuerzo físico cede ante la gran emoción que inunda su voz al pronunciar el nombre de la animita. Para Elda, esa fe profunda se traduce en peticiones escuchadas y problemas resueltos, lo que le genera una profunda sensación de felicidad y gratitud.
“Aquí uno descansa. La fe te da una sensación de fuerza, te da más ánimo. Por eso, siempre paso por aquí”, expresó. Elda añadió sobre su ritual personal: “Cuando vengo al cementerio voy a ver a mi esposo, luego a mi hermana, y después siempre paso aquí. De aquí no me olvido, voy a verlo y voy para donde la Petita” expresó la devota.
La superficie de la tumba se halla densamente cubierta por un sinfín de placas de agradecimiento. Algunas, con fechas que se remontan a 1948, exhiben el desgaste del tiempo, sus inscripciones, apenas legibles bajo el musgo y óxido que las envuelve, son clara señal del paso de los años. Otras, más recientes, brillan con mensajes nítidos que demuestran las promesas cumplidas.
La devota aseguró que para ella esta es la muestra máxima de reconocimiento, la mujer aseguró que “seguiré poniendo la vela. Le dije que, hasta que yo pueda, seré siempre su fiel devota. Pero ahora, lo que más he querido es poder ponerle la placa cuando me cumpla todo, para que vea el agradecimiento que tiene uno por las cosas que una le pide”.
Elda anhela añadir una placa propia que sirva de testimonio público de su gratitud por los favores recibidos. Es un acto de fe que espera ver replicado en las futuras generaciones, perpetuando el legado de Petronila. Para ella, la esencia de este vínculo reside en credo, que, según su convicción, permite que la santa no oficial y Dios escuchen, una conexión que trasciende lo material.
La santa no oficial
La figura de Petronila Neira, a pesar de su innegable arraigo en el imaginario popular y su reciente reconocimiento patrimonial, no ha sido canonizada por la iglesia católica. El historiador Mauricio Rubilar, explicó que esta distancia institucional se debe a los estrictos procedimientos que exige el clero para declarar a alguien como santo.
“No es llegar y decir que alguien es santo o que es milagroso. Es todo un proceso muy formal que está establecido en la iglesia”, señaló. En ese sentido, los cultos populares, como el de las animitas, operan en un plano distinto al institucional y que “son muy difíciles de manejar desde lo formal, porque tienen que ver fundamentalmente con la creencia popular”.
Para que una persona sea declarada santa, es necesario verificar hechos milagrosos mediante procesos canónicos rigurosos, que incluyen investigaciones, testimonios y validaciones por parte de autoridades eclesiásticas. Rubilar aseguró que “habría que representar el caso, demostrar que es milagrosa. Entonces, hay todo un proceso que podría darse teóricamente, pero yo creo que no es necesario”.
A su juicio, Petronila Neira forma parte de otro tipo de santidad, una que no necesita aprobación oficial para ser efectiva en la vida de quienes creen en ella. “Tiene que ver con un sustrato distinto, que es el culto, la adoración popular. No necesitas demostrarlo para que las personas la reconozcan como una animita milagrosa”, afirmó.
Desde otra perspectiva, El académico Roberto Reyes, advirtió que la iglesia católica ha mostrado históricamente una resistencia escatológica a este tipo de devociones. “La devoción popular es interpretada como algo fuera del dogma y de la escolástica, por ende, si bien no suprimible por razones estratégicas, no es reconocible de manera oficial”, explicó.
A pesar de ello, para quienes creen en Petronila, su valor no depende del reconocimiento institucional. Elda Matamala, devota que visita con frecuencia su tumba, lo resume con sencillez: “Yo creo que sería muy lindo que la iglesia la reconociera”. Sin embargo, su fe no está condicionada a ello. “Cuando uno viene acá con fe, se siente otra. Es como si descansaras, y salieras con más fuerza, con más ánimo”, afirmó, dejando en claro que la santidad de Petronila, al menos para sus creyentes, ya está viva, aunque no tenga sello oficial.











